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In Universale Economica
Pino Cacucci: blog per viandanti
Furibonda polemica stalinisti\antistalinisti su La Jornada 15 giugno 2005


tutto è cominciato con questo...



La Jornada
Lunes 30 de mayo de 2005
Cuatro de sus novelas están ambientadas en México

Pino Cacucci, el escritor más chilango de Italia

Es desconocido en este país y olvidado por las editoriales

JAIME AVILES


Pino Cacucci radicó en nuestro país entre 1984 y 1989. Durante ese lapso recorrió y conoció una cultura que después nutriría su narrativa FOTO La Jornada
Llama por teléfono el escritor italiano "más chilango del mundo", según la atinada descripción de Paco Ignacio Taibo II. Autor de cuatro novelas ambientadas en México -Puerto Escondido, que fue llevada al cine por Gabriele Salvatore; Tina, San Isidro Futbol y Demasiado corazón, que a pesar de su título original no ha sido todavía traducida al español-, así como de numerosos libros de viaje y de cocina acerca de nuestro país, adonde ha venido, según sus cálculos, "de 30 a 40 veces", Pino Cacucci me hace una petición insólita:
-Quieren que entregue un premio al ganador de una carrera en el Hipódromo de las Américas y no tengo quién me tome la foto. ¿Puedes?
Mi respuesta afirmativa será desastrosa para la causa. Acudiré a la cita con una cámara digital prestada, repetiré varias veces los pasos del sencillo protocolo de su funcionamiento, y cuando esté frente a las exóticas caballerizas del remodelado óvalo de las Lomas de Sotelo, al ver las melenudas cabezas de los pura sangre asomando a las ventanas como personajes de una fábula de Swift, apretaré un botón indebido y borraré todas las imágenes de la memoria, convirtiéndome en el Alzheimer del aparato.
Nacido 50 años atrás en Alessandria, un pueblo de la región norteña del Piamonte, Giuseppe (José), quien al ganar una sílaba -para convertirse en Giuseppino- acabó perdiendo las dos primeras, muy pronto fue llevado por sus padres a las cercanías de Génova, donde creció hasta que en 1976 se trasladó a la Universidad de Boloña para inscribirse en los cursos que impartía Umberto Eco. Eran tiempos muy calientes en aquella hermosa Italia hoy para siempre desaparecida. El Partido Comunista, bajo la batuta de Enrico Berlinguer, había roto con la línea oficial de la Unión Soviética de Leonid Brezhnev, al declarar antidemocráticos y obsoletos conceptos tales como "marxismo-leninismo" y "dictadura del proletariado", para impulsar en cambio las ideas del socialismo científico, mientras buscaba el "compromiso histórico" para cogobernar con la Democracia Cristiana, en tanto las Brigadas Rojas, muy probablemente penetradas por la CIA, preparaban el secuestro y el asesinato del dirigente Aldo Moro para echar por tierra ese acuerdo, a la vez que grupos impacientes, como Lotta Continua, combatían en las calles con las fuerzas ultraderechistas del Movimento Sociale Italiano (MSI), los ''misinos'' neofachos que hoy, paradójicamente, gobiernan a la sombra de Berlusconi.
Sólo desde los territorios culturales de la izquierda italiana de aquella época era posible contemplar sin asco el resto del maravilloso país donde en el interior del Vaticano la masonería reaccionaria de la logia P2 (léase "pi-dúe" para evitar la cacofonía escatológica) lavaba dólares de sucia procedencia a través del Banco Ambrosiano, lo que tras la muerte de Paulo VI derivaría en la elección del enérgico reformista Juan Pablo I y en su muy sospechosa muerte casi instantánea, atribuida al veneno, que dio paso al reinado de Karol Wojtyla. Esa era también la Italia de los aristócratas retratados por Fellini en La dolce vita, donde en un clima de anticomunismo galopante uno encontraba en los muros proletarios de Roma o de Florencia cartelones que proclamaban con letras enormes la palabra Dibatitto y debajo de ésta los nombres de los políticos e intelectuales rojos que iban a participar en la discusión, mientras los programas de concurso de la RAI obsequiaban millones y millones de liras a los televidentes y las pequeñas y ruidosas Vespas de la Mafia (Morte Alla Francia Italia Avanti) en Sicilia y de la Camorra en los estrechos callejones de Nápoles disparaban ráfagas de metralleta en un clima de escándalo, a la vez que los cines urbanos -donde las películas se veían divididas invariablemente en "primo" y "secondo tempo"- estrenaban las más recientes creaciones de Bertolucci o de Antonioni, pero los cortos proyectaban anticipos de las comedias eróticas de Lando Buzzanca, pletóricas de muchachas deslumbrantes como la danesa Birte Tove.
En ésa, la Italia de los pastelitos Buondí y del movimiento sindical más intenso y extenso del mundo, donde la resistencia de los pueblos de América Latina, la gesta del Che, la caída de Salvador Allende, los desaparecidos de Argentina y las dictaduras del Cono Sur inspiraron un vasto movimiento de solidaridad, que fue también ejemplo de no pocas batallas locales, como aquella de los Indios Metropolitanos del nordeste, Pino Cacucci militó semiclandestinamente en las filas de los anarquistas y fue un activo participante de la revuelta de Boloña, el movimiento estudiantil más importante en Europa después del mayo francés, que fue sofocado mediante una represión terrible en 1977 y 78.
A la vista de sus compañeros encarcelados, perseguidos, sin retaguardia, en 1982 Pino escapó de Italia del brazo de Gloria, su novia, con la que se casaría 20 años más tarde, y en el inicio de un viaje que iba a llevarlo de Chapultepec hasta Buenos Aires se enamoró de México y se quedó, intermitentemente, en distintos periodos -el más largo de ellos de cinco años completos-, hasta 1989.
El polvo de México
Durante su etapa mexicana más estable (1984-1989), Pino vivió entre el Distrito Federal y San Miguel de Allende y, desde esa doble base de operaciones el inminente narrador, quien aún no se encontraba con su vocación más profunda, empezó a recorrer el territorio al que alguna vez Carlos Fuentes le viera forma de cornucopia. Fue así como subió a las cumbres de los hongos, bajó a los desiertos del peyote, recorrió las costas del sur por ambos lados, penetró en el mundo maya, en las gastronomías regionales del sureste, en los mitos de la Baja California, en los rituales taurinos del Bajío.
Absorbiendo la cambiante energía de los paisajes vernáculos, escribió en 1988 Outland Rock, su ópera prima. En 1990, de vuelta en Italia, publica Puerto Escondido; en 1991, Tina, la biografía de Tina Modotti, que es también la de Vittorio Vidali, el tenebroso agente de la URSS infiltrado en México y en España, quien fue amante de la abnegada fotógrafa comunista, "pero sobre todo un asesino", lectura del personaje que en su momento le depararía un choque brutal con Elena Poniatowska, porque, afirma Cacucci, la autora de Tinísima conoció a Vidali en la senectud y ''no lo vio con ojos críticos, sino como un dulce viejito romántico, que estaba muy lejos de serlo''.
También en 1991 aparece San Isidro Futbol, historia de un pueblo mexicano cuyos habitantes encuentran un costal de cocaína, que los muchachos utilizan para pintar las rayas de la cancha de futbol, ocasionando con esto un sinfín de situaciones humorísticas. En 1992 da a conocer La polvere del Messico (El polvo de México), guía turística alternativa que rápidamente adquiere el rango de best-seller.
Consolidado como escritor gracias a la aceptación del público italiano, Pino continúa produciendo de manera incansable. En 1994 sale su novela In ogni caso nessun rimorso (En todo caso ningún remordimiento); en 1996, Caminando; en 1999, Demasiado corazón, intriga político-policiaca ambientada en Tijuana y la península de Baja California, que ganó el premio Giorgio Scerbanenco.
Para celebrar el inminente cambio de siglo, en 2000 publica Puntos de fuga; en 2001, Rebeldes -colección de viñetas de los anarquistas más entrañables de todos los tiempos-, y Gracias, México, obra más plástica que literaria, en la que combina etiquetas de cervezas, cajas de cerillos, boletos de camión y muchos objetos más recogidos a lo largo de sus viajes por nuestro país, con fotografías de restaurantes y letreros de negocios. Al año siguiente entrega otra novela, Mastruzzi investiga, y en 2003 Oltretorrente, que evoca las revueltas antifascistas en la norteña ciudad de Parma.
Además de su intenso trabajo narrativo, Pino se ha dado tiempo y maña para traducir al italiano a decenas de escritores de habla hispana, labor que lo acredita como uno de los más importantes divulgadores de las letras latinoamericanas en su país.
Con todos estos antecedentes a cuestas vamos, pues, al hipódromo donde, finalizada la tercera carrera de la tarde, que ha ganado un cuarto de milla rebautizado como Tirant Lo Blanc, en honor de la principal novela de caballería escrita en lengua catalana, Pino baja al cuadro de ganadores y le entrega al jinete Isaías Cárdenas un ejemplar de Don Quijote de la Mancha que tiene el tamaño y espesor de un ladrillo. Arriba, mientras tanto, las bocinas del sonido local proclaman:
''Está haciendo entrega del premio tercer Festival de la Palabra el señor Pino Cacucci, escritor de novelas y textos'', descripción a la que habría que agregar: "Desde hace algunos años, ninguno de sus libros está disponible en México, ni siquiera los que se refieren a México, algo que deberíamos agradecer a la industria editorial dizque mexicana, lo que, señoras y señores, es una suprema vergüenza''.



La Jornada
Miércoles 8 de junio de 2005
José Steinsleger

El asesinato de Julio Antonio Mella

Se lo digo sho: los hermanos Flores Magón ordenaron la muerte del presidente Francisco Madero. El revolucionario León Trotsky murió a manos de sus camaradas. Agentes de Castro pusieron la bomba en el avión de Cubana para echarle la culpa a Luis Posada Carriles. La prisión de Guantánamo es modelo de tolerancia y respeto.
Son "mis" verdades, libremente expresadas. Por esto, cuando hay "libertad de expresión", cualquiera puede opinar para "desmitificar" las grandes verdades de este mundo. El mundo es así desde que Santa Ursula salvó a 11 mil vírgenes de ser violadas por los hunos.
Aterricemos. ¿Okay? Okay. ¿Qué importa de la "verdad histórica"? ¿La verdad de la historia, o quién la dice? La historia y el conocimiento de la verdad no responden a ciencia objetiva alguna. De ahí que las verdades de la historia deban ser sometidas al arduo y árido celo investigativo de los documentalistas.
Pregunto, entonces, en qué investigación "el escritor más chilango de Italia" basa su afirmación de que el asesinato del líder cubano antimperialista Julio Antonio Mella (1903-1929) "... provino de la Internacional (Comunista, Komintern), y fue cumplida por gatilleros al servicio de Vidali, quien veía en el joven cubano un obstáculo para los designios de Moscú en México" (Pino Cacucci, entrevista de Jaime Avilés, La Jornada, Cultura, 31/05/05).
Recordemos el hecho: en la helada noche del 10 de enero de 1929, Mella y la fotógrafa italiana Tina Modotti caminaban por la calle de Morelos. Al doblar por Abraham González rumbo al domicilio de Tina, un par de pistoleros acabaron con su vida.
En el lugar, una placa recordatoria atribuye el crimen al tirano de Cuba Gerardo Machado (1871-1939).
A causa de Vittorio Vidali, Cacucci señala que cuando Elena Poniatowska estaba escribiendo Tinísima (ERA, México, 1992) hubo "... un altercado entre ambos". Vidali era, en efecto, un revolucionario italiano del Komintern, quien tuvo actuación destacada en la guerra de España, y fue compañero de Tina Modotti, después de Mella.
El entrevistador se pregunta: "¿Quién tiene razón?". Docenas de historiadores han demostrado hasta la saciedad que Machado mató a Mella. Pero Avilés sostiene: "Esa desde luego es una pregunta sin respuesta porque se trata de dos interpretaciones históricas que se contraponen..." y otorga a "los lectores" la "última palabra al respecto..." (pero en México -añade- "... éstos se encuentran ante la frustrante desventaja de que no se puede conseguir la edición que Planeta hizo de la Tina de Cacucci...")
Bueno, yo la tengo. Y también tengo Julio Antonio Mella en medio del fuego, investigación de los historiadores cubanos Adys Cupull y Froilán González (Ed. El Caballito, México, 2002).
Los pistoleros enviados a México por Machado se llamaban José Agustín López Valiñas y Miguel Francisco Sanabria. El primero le disparó al líder por la espalda. Sanabria no alcanzó a disparar. Denunciado por su esposa, López Valiñas fue juzgado en México, y permaneció en la cárcel hasta 1938. Abatido a tiros por la espalda, murió el 15 de noviembre de 1958 en la cerrada de Altata (colonia Condesa), cuando se desempeñaba como chofer del senador Efraín Brito Rosado. Sanabria administraba un prostíbulo en Cuba cuando una puñalada acabó con su vida el 11 de octubre de 1942.
Entre las personas involucradas figuran José Magriñat, quien como agente encargado de la ejecución del plan señaló la víctima a los asesinos. Magriñat murió ajusticiado en La Habana, el 13 de agosto de 1933. Francisco Rey Merodio, agente especial de la policía de Machado, confidente de la embajada de Estados Unidos en Cuba y espía de Mella en las filas de la Liga Antimperialista, murió asesinado el 2 de septiembre de 1943; Alfonso Luis Fors, cubano quien organizó la policía secreta del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo, murió a consecuencia de un atentado, el 18 de octubre de 1953.
Otros confabulados fueron Guillermo Fernández Mascaró, ex embajador de Cuba en México; Orestes Ferrara, Marcelino Blanco, Raúl Amaral Agramante, Santiago Trujillo (jefe de la Policía Secreta de Machado) y Valente Quintana (jefe de la policía de México).
Coincido con Avilés: la obra de Cacucci debe ser reditada. Así, los interesados podrán distinguir entre la pedantería de un escritor irresponsable y la solvencia de Cupull y González, que durante muchos años expurgaron documentos oficiales y periódicos de la época en México, Cuba, Estados Unidos, Italia, España y Rusia, para llegar a la misma conclusión de Mella cuando, después de los disparos, alcanzó a gritar: "¡Machado me mandó a matar!..."
Primer asesinato del terrorismo internacional de Estado en América Latina, la importancia histórica de cómo murió Mella se justifica por sí sola. Perfeccionada por Washington en los años de 1970 (voladura del avión civil de Cubana, Operación Cóndor en América del Sur), se trata de prácticas criminales que amenazan con retornar en los años que le quedan al gobierno de George W. Bush.




La Jornada
Lunes 13 de junio de 2005

El Correo Ilustrado



Vidali no fue un revolucionario, dice

Señora directora: Respecto al artículo de José Steinsleger "El asesinato de Julio Antonio Mella", me permito señalar lo siguiente:

1. Es verdad que no se ha podido probar la participación de Vittorio Vidali en el asesinato de Mella. Sin embargo, la cuestión está lejos de resolverse, como ha señalado, no solamente Cacucci sino, entre otros, el conocido historiador Pierre Broué.
2. En cambio, ninguna duda cabe sobre la actuación del Vidali en España y en México, como consta en decenas de documentos, entre otros el testimonio del ex ministro comunista Jesús Hernández en su libro Yo fui un ministro de Stalin.
Lejos de ser el revolucionario que pinta Steinsleger, Vidali actuaba como agente de la policía secreta soviética, la GPU. Entre otros crímenes, está ampliamente comprobada su participación en el asesinato del Andrés Nin, secuestrado el 16 de junio de 1937 en Barcelona, quien fuera secretario general del Partido Obrero de Unidad Marxista.
En México, Vidali fue uno de los que difundieron la versión de que "Trotsky murió a manos de sus camaradas". En los años 40 organizó la persecución de los refugiados españoles no estalinistas en nuestro país y dirigió personalmente un intento de asesinato contra el escritor ruso Víctor Serge.
La lista de los crímenes de Vidali contra la revolución es larga y es lamentable que en pleno siglo XXI se siga negando la evidencia.

Atentamente

Claudio Albertani, profesor de historia contemporánea, UACM
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¿Un complot internacional de mentirosos?

Los motivos que llevaron a la decisión de liquidar a Julio Antonio Mella

PINO CACUCCI

Julio Antonio Mella fue asesinado en la noche del 10 de enero de 1929 en la calle Abraham González esquina con Morelos. Dos disparos hechos por un revolver calibre 38: la autopsia establece que la primera bala atravesó el brazo izquierdo a la altura del codo penetrando en el intestino y la segunda perforó el pulmón.
El juez Alfredo Pino Cámara de la Segunda Sección Penal interroga Tina Modotti y la acusa de varias contradicciones: ella ha declarado que quien disparó - posiblemente desde un automóvil en la obscuridad - lo hizo sorpresivamente mientras ella caminaba tomada del brazo izquierdo de Mella, cosa imposible porque la primera bala lo había alcanzado al mismo brazo, y no pudo ser un acto sorpresivo porque Mella estaba corriendo en un instintivo intento de escapar. Hay tres testigos de los hechos: el panadero Luis Herberiche que se encontraba en la puerta de su panaderia tomando un breve descanso de su trabajo, y los jovenes Anacleto Rodríguez y José Flores, que estaban en el umbral de su casa al No. 22 de Abraham González. Los tres afirman de haber visto a tres personas, dos hombres y una mujer, avanzar del lado de Bucareli discutiendo animadamente. Luego uno de los dos hombres sacó el revolver y disparó mientras el otro se lanzaba corriendo en adelante. En el careo con Tina, el panadero Luis Herberiche declara:
“No tengo ningún motivo para engañar a la justicia. Soy un comerciante al que no le gusta verse implicado en estos hechos. Siento mucho desmentir a la señora, pero lo que dije es la verdad y lo sostengo”.
Los periodicos de la epoca publicaron estos datos y muchos otros detalles, que también quedan el las actas de la Segunda Sección Penal. ¿Quien asesinó a Julio Antonio Mella y por qué?

En 1986 conocí Felix Ibarra, que a los 17 años entró a la Juventud Comunista y luego pasó a la Oposición de Izquierda. Me lo presentò el profesor de historia de la Unam Alejandro Gálvez Cancino y le hice una larga entrevista. Felix Ibarra tenía en su casa de la colonia Niños Héroes la mascarilla mortuoria de Julio Antonio Mella, que me enseñó - y conservo la foto que hice - y fue una emoción ver como era la cara de Mella a las pocas horas de haber muerto: de él solo conocía la foto de Tina. Luego, Felix Ibarra me contó:
“Conocí a Mella en 1928, cuando yo vivía donde ahora hay el metro San Antonio Abad. El venía en seguida a hacer propaganda sindical en la Cortiduría Nacional, y me acuerdo muy bien de ese muchacho alto, fornido, que siempre se movía de prisa, con mil cosas que hacer. Transmitía una gran fuerza, una energía arrastradora, mucho entusiasmo. Sus discursos eran arengas vibrantes, con una elocuencia que le salía del corazón, de las entrañas. En los primeros tiempos de haberse formado la Oposición de Izquierda, Mella adirió, pero luego, siendo acusado de atentar a la unidad del partido, oficialmente tomó distancias. Mientras, en el octubre de 1928 fundó la revista Tren Blindado, o sea la imagen del tren del comandante del Ejercito Rojo León Trotsky... Fue un desafío. Y también en la famosa foto de Tina Modotti de la máquina de escribir de Julio Antonio Mella, en la hoja de papel que sale del rulo, se puede leer una frase tomada de un escrito de Trotsky sobre la función revolucionaria del arte. Después que lo mataron, pregunté varias veces a mi tío Alberto Martínez, que era un dirigente del PCM, quién era el asesino, y siempre evitó de contestarme, hasta que un día, posiblemente cuando consideró que yo ya tenía una consciencia política bien arraigada, porque era muy joven en ese entonces, me dijo: ‘Ha sido ese malvado de Sormenti’. Y no quizo agregar más. Mi tío conocía a Vittorio Vidali como Carlos Contreras o Enea Sormenti, y creía que Sormenti era su verdadero apellido. Luego, algunos años después, hablé del asunto con Diego Rivera, que me contestó escuetamente: ‘Quien quieres que lo haya matado, a Mella, todos nosotros lo sabemos que fue Vidali, ya nadie puede tener dudas al respecto’.”
Felix Ibarra ha dedicado toda la vida a la lucha revolucionaria, en 1934 fue llevado preso a las Islas Marías por su militancia comunista, junto con José Revueltas. La entrevista la publiqué en Italia en 1988. Y otra persona, cuya vida es parte de la historia del comunismo en Italia - y que no quiere ser envolucrada en estas polémicas desgarradoras - discutiendo de lo que yo acababa de publicar sobre el asunto, en una larga plática me contó que una vez, discutiendo con Vittorio Vidali en Trieste, donde vivió sus ultimos años, cuando ya tenía 80 años, le dijo: “No fui yo personalmente, pero claro que Mella lo hemos liquidado nosotros. Ese cubano era un irresponsable, un avventurista, estaba quebrando la unidad del partido y la unidad sindical, estaba haciendo muchos daños, se pasó demasiado”.

El enfrentamiento decisivo entre Trotsky y Stalin se produce en 1924. La dura y despiadada lucha entre los dos conceptos opuestos de revolución socialista - “revolución permanente” y “revolución en un solo país” - se propaga a todos los que son considerados “partidos hermanos”. Y en México alcanzará uno de los niveles más sangrientos. El PCM es considerato por el Comintern como el eje de la ideología moscovita en el continente americano. Los reflejos de la línea vencedora en la ciudad de México están destinados a influir en las opciones de lucha latinoamericana. Stalin puede contar en México con un comité central compuesto por dirigentes fieles, pero, junto a ellos, emergen figuras carismáticas peligrosamente atraídas por el pensamiento trotskista. Y es precisamente para sostener a los primeros que Vittorio Vidali - alias Carlos Contreras o Enea Sormenti - es enviado a México. Su encargo es poner al descubierto cualquier forma de oposición, y ejecutar las órdenes consecuentes.
Julio Antonio Mella no fue abiertamente partidario de Trotsky, pero su firme convicción de querer fomentar la insurrección en Cuba es obstaculizada por Moscú sin posibilidades de acuerdo. Cada foco de guerrilla representa para el Comintern un peligro para la consolidación del poder en la Unión Soviética, pues puede favorecer e incentivar los ataques de las potencias capitalistas. El hombre fuerte de Cuba Gerardo Machado, ex militante del Partido Liberal y fundador del Partido Popular, después de haber ganado la presidencia ha traicionado su programa electoral aliandose con las grandes empresas azucareras de Estados Unidos: apoyar un intento insurreccional en la isla caribeña quiere decir desafiar los intereses economicos norteamericanos, y Moscú no quiere que el gobierno de Washington considere la Unión Soviética como una amenaza a su “patio trasero”, según la Doctrina Monroe. Los partidos comunistas, en esta fase histórica, deber trabajar para impedir sublevaciones armadas en las respectivas áreas de influencia.
En el IV Congreso de la Internacional Sindical, Mella conoce al comunista español Andrés Nin, quien le expone las tesis de la Oposición de Izquierda con respecto a la política de colaboración entre las clases sostenida por Stalin y Bujarin. El dirigente comunista argentino Víctor Codovilla hace inmediatamente circular un documento interno en el cual exige la expulsión de Nin, que será sometido a votación en una reunión. Mella comparte las posiciones de Nin, pero está consciente que no puede permitirse un compromiso abierto que podría aislarlo inexorablemente. Tampoco quiere hacerse cómplice de la expulsión; así, decide no presentarse al momento de la votación, desatando la violenta reacción de Codovilla, que emprende una campaña de denigración en contra del cubano. Cuando el Congreso propone elegir un delegado que represente a los latinoamericanos en la dirección de la Internacional, la mayoría está a favor de la candidatura de Mella. Pero Codovilla, apoyado por la derecha, teje una minuciosa trama de acusaciones en contra de Mella, la cual desemboca en el resultado esperado: es elegido el venezolano Ricardo Martínez, ligado a Codovilla y acérrimo adversario de Mella.
Cuando Julio Antonio Mella llegó a México, el partido estaba afrontando una profunda crisis interna. Del II Congreso de 1925 al IV de 1926, se había producido una ruptura entre la dirigencia de Xavier Guerrero, David Alfaro Siqueiros y Rafael Carrillo, y el ala derecha encabezada por Galván, Edgard Woog conocido como Stirner, y Díaz Ramírez, que propugnaba la alianza con algunos sectores del gobierno. El sectarismo estaba conduciendo al partido a un callejón sin salida, y la vuelta a la derecha de la Internacional impuesta por Bujarin en 1926, lo sacude hasta los cimientos. En el espacio de pocos días el PCM llega a invertir su propia línea política, dando su apoyo al gobierno “nacionalista y revolucionario” de Plutarco Elías Calles, o sea el gobierno que estaba utilizando a la CROM para controlar el movimiento obrero y empleaba los esquiroles y el gangsterismo para aplastar los movimientos independientes. Mella se somete a las voluntades del Comintern, pero, poco tiempo después, empieza a desarrollar nuevos contrastes en el campo de las elecciones sindicales.
En el V Congreso del PCM, en abril de 1928, Mella y su grupo presentan la propuesta de reorganizar la lucha sindical sosteniendo la inminente desintegración de la CROM y la grave crisis de la CGT, pero son puestos en minoría y derrotados por la dirección del partido, que ve en esta iniciativa una nueva dispersión de las fuerzas obreras. Mella no se conforma y, con otros militantes, continúa el trabajo emprendido. El comité central considera su actuación como un atentado contra su propia unidad.
Pocos días más tarde se lleva a cabo una conferencia sindical en Montevideo, donde Codovilla y Martínez piden la expulsión de Mella por indisciplina. El comité central opta por una solución de compromiso: Mella debe condenar públicamente el trotskismo y renunciar a las tesis de la Oposición de Izquierda; a cambio, será nombrado secretario nacional. Todo esto sucede la víspera del IV Congreso de la Internacional en Moscú.
El 17 de julio un cristero mata a balazos al presidente reelecto Alvaro Obregón en el restaurante La Bombilla, y a los pocos días los dirigentes de la CROM son acusados de complicidad en el magnicidio: es el pretexto para acabar con el sindicato que Obregón estuvo atacando con dureza. Los comunistas tienen que reexaminar radicalmente las posiciones que han sostenido hasta ahora, y Mella, el rebelde que se obstina en rechazar la lógica de los aparatos del partido, regresa al ataque. Aprovechando la confusión debida a los torpes errores de la dirigencia de centro-derecha, manda acallar al conservador Stirner y, con Diego Rivera, decide afrontar en Moscú la intransigencia del Comintern y del mismo Stalin. Apoyado por los delegados obreros y campesinos, gana la votación de la nueva central sindical. Los dirigentes de la Internacional son obligados a asumir el hecho, y permiten el inicio organizativo de la Confederación Sindical Unitaria de México. Stalin no replica, se limita a esbozar una sonrisa que sus adversarios aprenden pronto a reconocer: es aquella anuencia lenta, de padre bonachón, que anticipa la venganza. Es su manera de emitir condenas inapelables, por las cuales sabrá esperar años en algunos casos, y sólo pocos meses en otros.
En septiembre de 1928, Stirner pide la expulsión de Julio Antonio Mella por “el crimen de trabajar en contra de la línea del Partido en la directiva del dualismo sindical”. Lo apoyan Xavier Guerrero, Rafael Carrillo y Vittorio Vidali. Muchos dirigentes de posición centrista pasan a la derecha, haciendo frente común contra la izquierda dirigida por Mella y Diego Rivera. El partido se enfrenta al peligro de una grave ruptura, y Mella es destituido del comité central y aislado. Ante la proibición absoluta de organizar una expedición a Cuba, interrumpe cualquier colaboración con el partido y sigue con su proyecto. Pero tiene que darse cuenta que son muy pocos los militantes dispuestos a embarcarse en la empresa, hacerlo significa ponerse en contra del Partido y de la Internacional. Gerardo Machado sabe muy bien que Julio Antonio Mella no tiene recursos ni hombres para emprender una guerrilla en Cuba, menos aún desembarcando desde México, donde los militantes del partido y el mismo gobierno mexicano se lo impedirían; Machado no tiene ningún motivo sensato, tomando en cuenta la situación, de provocar la reacción del gobierno mexicano mandando a matar a Mella que en ese momento no constituye ninguna amenaza. Es diciembre de 1928, un mes antes de su asesinato.
Durante una acalorada reunión en la sede de la calle de Mesones, la última a la cual Mella participa, Vittorio Vidali pierde en control, se acerca al cubano y en frente de todos le grita en la cara: “No lo olvides nunca: de la Internacional se sale sólo de dos maneras, ¡o expulsado o muerto!”

Tina se llevó a la tumba el secreto: nunca sabremos si ella estaba enterada de todo esto o si sólo lo aprendió mucho después. Podemos facilmente entender porque rechazó la versión de los tres testigos, declarando que los disparos llegaron desde la obscuridad: la justicia mexicana, la policía y los jueces eran el “enemigo”, había que defender el ideal, la causa suprema, el Partido.
En 1941, poco tiempo antes de su muerte, Tina tuvo un encuentro con el exiliado español Jesús Hernández que había sido ministro del gobierno republicano. En su memorias, Yo fui un ministro de Stalin, Hernández, entre las muchas cosas, afirma que Vidali participó en la captura, tortura y asesinato de Andrés Nin en la Guerra de España. Ese día se lo recordó a Tina, diciendole que había llegado a ordenar el arresto de Vidali después de un violento enfrentamiento, pero súbitamente los funcionarios de GPU ordenaron su inmediata liberación. Tina tuvo un arrebato de rabia e con un rencor inesperado le dijo:
“Debiste fusilarlo. Hubiera sido una buena acción, te lo aseguro. No es más que un asesino, y me ha arrastrado en un crimen monstruoso. Lo odio con toda mi alma. Pero... estoy obligada a seguirlo hasta el final. Hasta la muerte.”
Muerte ocurrida en un taxi en la noche del 5 de enero de 1942, oficialmente por “congestión visceral generalizada”, como está escrito en el acta de defunción, y no por un “ataque del corazón” como siempre ha dicho Vidali. Lo de la “congestión visceral generalizada” dió motivo a los periódicos de la época de anunciar en primera plana: “Envenenada Tina Modotti, típica eliminación estalinista” (en la emeroteca de la Unam se pueden leer todos). Pero nunca sabremos como realmente murió Tina.

¿Puras mentiras? Mintió Jesús Hernández sobre la amarga frase de Tina? ¿Mintieron los testigos de la calle Abraham González, y en ese caso, ¿fueron víctimas de un ensueño o los tres fueron contratados por la embajada cubana, o sea un panadero y dos menores de edad cómplices del dictador Gerardo Machado? ¿Es un mentiroso Felix Ibarra? ¿Y acaso mintió toda la vida Julián Gorkín, que en España combatió en contra de las tropas de Franco y corrió el riesgo de ser matado por los agentes de la GPU, y siguió acusando sin descanso Vidali de varios asesinatos? ¿Mintió el combatiente italiano de la Guerra Civil Umberto Tommasini, de Trieste como Vidali, que en España organizó un grupo de buzos de asalto para dinamitar los barcos que llevaban armas a Franco, y luego se dedicó por el resto de su vida a perseguir a Vidali en cualquier situación pública acusandolo en frente de todos de haber matado cobardemente por la espalda tantos compañeros?
Lo sé que es duro aceptar que algunos ídolos se caigan del ara, esto pasa a quien tiene una consciencia política superficial y escasos conocimientos de la historia, pero definir Vidali “un revolucionario” es un insulto a la memoria de tantos revolucionarios que han sacrificado la vida por un sueño de justicia y democracia que Stalin y sus esbirros han convertido en una pesadilla.


 
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